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Ciudad De México, 29 de mayo de 2026.- El río Magdalena, la arteria fluvial más importante de Colombia, enfrenta una transformación histórica debido a la presencia de cientos de hipopótamos que se expanden por su cuenca. Estos animales son descendientes de cuatro ejemplares que quedaron a su suerte tras la muerte de Pablo Escobar, quien hace cuatro décadas instaló un safari en las planicies de la región.
Los hipopótamos alteran los ecosistemas del río al remover el fondo, cambiar los ritmos del agua y modificar la historia del río y su gente. Su presencia se ha vuelto intrusiva: irrumpen en fincas, cruzan carreteras y emergen de noche en los pueblos. Además, ayudan a poner en riesgo la frágil biodiversidad de la cuenca, afectando especialmente a especies que ya se encuentran en peligro.
Durante años, los gobiernos sucesivos oscilaron entre la inacción y la implementación de medidas parciales para controlar a los animales. Sin embargo, en 2009, el sacrificio de un hipopótamo desató la indignación nacional y selló, en la práctica, un veto político al control letal.
Desde ese año, la gestión de la población se limitó a esterilizaciones y traslados, acciones descritas como insuficientes frente a una población en crecimiento. En la década de 2020, el problema se volvió ineludible; los avistamientos se multiplicaron y las redes sociales amplificaron el fenómeno, manteniendo vigente el debate sobre cómo manejar la herencia biológica del narcotraficante.