febrero 4, 2026
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posgrado 1938

Redacción

Ciudad de México.- La discusión sobre posgrados entró a una nueva etapa. Durante años, el debate se enfocó en duración, modalidad o prestigio. Hoy, el punto central es la pertinencia: qué tan rápido un programa traduce conocimiento en desempeño profesional, y qué tan bien prepara a personas que toman decisiones en entornos con alta presión, datos incompletos y tecnologías en evolución constante.

El cambio no es menor. El World Economic Forum advierte que la brecha de habilidades se mantiene como la barrera más importante para la transformación de los negocios, y que 63% de los empleadores ya la señala como el principal obstáculo. Además, el mismo reporte prevé que casi 40% de las habilidades requeridas en el trabajo cambiará hacia 2030. En términos prácticos, esto reduce el espacio de contenidos “estables” y eleva el valor de rutas formativas que se ajustan con oportunidad y con método.

En paralelo, la preocupación también aparece en la conversación de alta dirección. En la 28ª Encuesta Global de CEOs de PwC, 22% de los directores generales se declara “altamente” o “extremadamente” expuesto, en los siguientes 12 meses, a la menor disponibilidad de talento con habilidades clave. Esta cifra no describe un problema futuro y abstracto; habla de una restricción operativa, cercana, que impacta ejecución, competitividad y crecimiento.

En este contexto, crece un modelo que une dos mundos que antes caminaban en paralelo: la co-creación curricular entre universidad y empresa. No se trata de pedir un consejo al sector productivo ni de sumar una conferencia aislada. Es un proceso de diseño que inicia con un diagnóstico compartido: qué retos dominan el sector, qué capacidades faltan en equipos actuales, qué herramientas se usan de forma cotidiana y qué habilidades sostienen el liderazgo en los próximos años. Con ese insumo, el plan de estudios incorpora casos, proyectos aplicados y criterios de evaluación que reflejan estándares del entorno laboral.

Para el estudiante de posgrado, el beneficio más visible es la transferencia inmediata. Un programa co-creado acerca el aula a la realidad: escenarios con restricciones, prioridades que compiten entre sí, indicadores de desempeño y criterios para justificar decisiones frente a distintas audiencias. También fortalece la capacidad de conectar tecnología con estrategia: no como una lista de tendencias, sino como un conjunto de herramientas que exige criterio, gobernanza y evaluación de riesgos.

Este enfoque también eleva la exigencia. Cuando el aprendizaje se vincula con retos reales, la evaluación se vuelve más clara: entregables concretos, soluciones argumentadas, impacto medible y comunicación efectiva. El estudiante construye evidencia de competencia, no sólo constancias de asistencia. Para profesionales que ya ocupan posiciones clave —o que aspiran a ellas— esa evidencia resulta tan relevante como el contenido, porque abre conversaciones laborales basadas en resultados.

Maru Castillo, Directora Nacional de Posgrados en Tecmilenio, lo explica así: “Hoy más que nunca, las empresas necesitan líderes capaces de resolver problemas reales y de adaptarse a tecnologías y modelos de negocio que cambian cada día. Por eso desarrollamos maestrías en colaboración con corporativos y empresas tecnológicas: para que los estudiantes aprendan exactamente lo que el mercado demanda y estén listos para liderar desde el primer día”.

Desde esta perspectiva, el rol de la universidad se reafirma: aportar rigor académico, estructura pedagógica y visión de largo plazo. El rol de la industria también se precisa: compartir prácticas, estándares y retos que definen el desempeño profesional. Cuando ambos aportan con claridad, la formación deja de ser una lista de temas y se convierte en una ruta de capacidades: pensamiento analítico, innovación con propósito, liderazgo y uso responsable de tecnología.

En los próximos años, la diferencia entre un posgrado “actualizado” y uno “pertinente” se verá en su método. Los programas con mayor valor serán aquellos que conecten teoría y práctica con consistencia; que formen criterio, no sólo habilidad técnica; y que sostengan un diálogo real con el entorno productivo para ajustar contenidos con oportunidad.

“La colaboración academia–industria ya no es un extra; es un mecanismo para asegurar que el aprendizaje tenga impacto profesional desde el aula. Tecmilenio impulsa esta visión a través de su modelo educativo MAPS y con sus maestrías que nacen de alianzas estratégicas y procesos de co-creación con empresas líderes y especialistas, con énfasis en habilidades críticas para liderar en sectores tecnológicos, corporativos y globales”, explicó Maru Castillo.

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